lunes, 16 de marzo de 2015

La historia de Moro-Blanco (novena parte)

Bueno, caminan y caminan Moro-Blanco y los suyos, y al cabo de mucho tiempo, llegan al imperio, en busca de su suerte, que Dios nos haga fuertes, que la historia se enreda, y de ella mucho queda. Y nada más llegar, irrumpen los seis en el patio del palacio, Moro-Blanco delante y los demás atrás, uno más guapo que otro, y harapientos que les colgaban los trapos, se les soltaban las botas y parecían la hueste de Belcebú. Sin tardar, Moro-Blanco se presenta delante del emperador y le cuenta de dónde, cómo, quién y para qué viene. El emperador se asombró viendo que unos rufianes se atrevían a pedirle la mano de su hija sin tener vergüenza ninguna, sea para quien sea. Pero, como no quería quitarles las ganas, no les dice ni que sí, ni que no, sino les responde que se quedaran allí esa noche, y hasta la madrugada se lo pensaría… Y por otra parte, en seguida llama el emperador en secreto a un criado devoto y da orden que se los lleven a la casa de cobre candente, para dormir allí el sueño eterno, como les había pasado a otros pretendientes mejores.
El criado del emperador corre entonces y enciende el fuego debajo de la casa de cobre, echándole 24 cargas de leña, hasta que se pone roja como las llamas. Luego, al anochecer, viene e invita a los huéspedes a dormir. Friolón, como era encantado, llama a sus compañeros a un lado y les dice en voz baja:
- Chis, que no os empuje Pedro Botero a entrar antes que yo allí donde nos lleve el criado de este bandido rojo, que no llegaréis al día de mañana. Uno sólo es el emperador Rojo, famoso en estas tierras por su bondad nunca vista y por su misericordia nunca oída. Me lo conozco yo, sé lo hospitalario que es y lo generoso en repartir palos. ¡Ojalá no lo tenga que esperar mucho el diablo! y ¡qué viva tres días contando desde anteayer! Y luego su hija; hecha por el demonio a la imagen del padre, o peor. Como dicen: “De tal palo, tal astilla”. Pero conmigo encontraron la horma de sus zapatos. Esta noche los apañaré yo, ¡qué ni el diablo y su madre lo harían mejor!
- Igual pienso yo, dijo Hambrón; el emperador Rojo se ha metido con quién no debía y saldrá mal parado.
- Nos tendrá que pagar para marcharnos, dijo Ojón.
-¡Escuchad, vosotros! dijo Friolón: “La mucha conversación es causa de perdición”. Mejor vámonos a la cama, que nos está esperando el criado del emperador con la mesa puesta, las antorchas encendidas y los brazos abiertos. ¡Vamos! Aguzad los dientes y seguidme.
Y en seguida se van todos, ¡plaf, plaf, plaf! Llegando en el umbral de la puerta, se paran un periquete. Entonces Friolón sopla tres veces con su morrito mañoso y la casa se queda templadita, como mejor está para dormir en ella. Luego pasan todos dentro, se tumba cada uno por donde pilla y ¡a callar! Cuanto al criado del emperador, ése cierra deprisa la puerta por fuera y les dice con maldad:
- Ya os tengo bien apañados. Ahora dormid, ¡ojalá durmierais el sueño eterno, que os he preparado el lecho! Hasta mañana por la mañana os quedaréis hechos cenizas.
Luego los deja allí y se marcha a lo suyo. Pero a Moro-Blanco y a sus compañeros los tenía sin cuidado; como entraron en calor, en seguida se relajaron y empezaron a estirarse y a tomarse el pelo el uno al otro, olvidándose de la hija del emperador Rojo. Hasta Friolón disfrutaba del calorcito tanto… que le tiritaban los dientes y las rodillas. Y no dejaba de reñirles a los demás, diciendo:
- Por culpa vuestra enfrié la casa; que a mí me valía tal y como estaba. Esto me pasa por juntarme con unos blandengues. ¡La próxima vez os vais a enterar! ¡Vaya plan! Vosotros a disfrutar y a gozar del calor, mientras yo me hielo. ¡Bu…en trabajo! Cambié mi bienestar por el de unos don nadie. ¡Qué ahora os sacudo el polvo a todos; ya que no puedo yo descansar, que no descanse nadie!
-¡Cállate la boca, Friolón! dijeron los demás. Casi amanece y tú no paras de darle a la lengua. ¡Vaya bicharraco! Basta ya de comernos el coco. El que quiera juntarse contigo, malos tiempos le esperan. Que a nosotros nos tienes hartos. No podemos ni pegar ojo por tu culpa, hablas hasta por los codos. No se escucha más que tu voz. Y siempre regañándonos por tonterías, que pareces chalado. Compadre, tú sólo vales para vivir en el bosque, con los lobos y con los osos, no en palacios imperiales junto con gente bien.
- Vamos a ver, ¿desde cuándo os habéis apoderado vosotros de mí? dijo Friolón. ¿Qué, me estáis tomando por tonto?, pues tengo yo buen rato para vuestro gato. Yo soy bueno hasta que me sacan de quicio, luego ni agua.
- ¿De verdad, Boquita? Vaya valiente estás hecho; cuando te enfadas, echas humo, dijo Hambrón. ¡Cómo te quiero!... Te abrazaría, pero tropiezo con las orejas… Mejor cierra el pico y duérmete; no por otra cosa, sino porque no estás tú solo en esta casa y podrías arrepentirte luego.
- ¡Ah, sí! “Comida acabada, amistad terminada”, dijo Friolón. Esto me merezco y más, por no haberos dejado entrar aquí antes que yo. ¡Maldito sea el que os vuelva a ayudar!
- Tienes toda la razón, Friolón, y no te la dan, dijo Ojón. Pero con tus mentiras se nos pasa la noche y no llegamos a pegar ojo. ¿Qué dirías tú si alguien te estropeara el sueño? Da gracias al Señor de haberte juntado con buena gente, que si fueran otros ya te habrían dado lo merecido.
-¿Queréis callar? Que ahora mismo saco las patas por las paredes y arranco el tejado con la cabeza, dijo Pajar-Ancho-Largo. Parecéis endemoniados, que ni el mismísimo Satanás os puede callar. Tú, Morrito, me parece que eres la causa de todo este ajetreo.
- ¡Claro que sí! dijo Ojón. Y tiene suerte con nosotros, hasta que nos salte la cuerda.
- Está pidiendo ostias y mantecados con jarabe de palo, dijo Resecuzo, que de otra forma no se puede uno librar de tal peleón.
Viendo Friolón que se le ponen en contra, se cabrea y echa en las paredes una escarcha de las buenas, de tres palmos de ancha, que empezaron todos a tiritar.
- ¡Toma! y me quedo tan ancho como pancho. Ahora podéis decir lo que os dé la gana, que no me enfado, dijo Friolón riéndose a carcajadas. ¿Qué? ¿No es para reírse?... Moro-Blanco me da pena, eso sí. Pero vosotros, majaderos y melindrosos, ¡si tuviera un penique por cada vez que habréis dormido sobre lechos de juncos y jergones de paja, no me haría falta más riqueza! ¿O pensáis, vástagos de mala calaña, que seréis de alguna estirpe de hidalgos?
- ¿Otra vez buscando pelea, Morrito? dijeron los demás. ¡Llévese el diablo a toda tu alcurnia, hasta que no quedéis ninguno!
- Me inclino ante vuestras honradas presencias, como ante el bosque verde, con una bota de vino y otra de veneno, dijo Friolón. Vamos ahora a dormir, y mañana a madrugar, nuestras fuerzas a juntar, a Moro-Blanco a servir, como amigos a seguir; que las riñas y rencores son del diablo labores.
En fin, entre tantas habladurías y otras cuantas, amanece… Entonces, el criado del emperador, pensando que ya se habrán librado de esos huéspedes, viene a barrer las cenizas, como de costumbre. Y cuando llega, ¿qué ve? La casa de cobre, ardiente al anochecer, estaba ahora hecha un bloque de hielo y no se le distinguían ni puerta, ni jambas, ni rejillas, ni postigos en las ventanas, ni nada de nada; y desde dentro se escuchaba un alboroto tremendo; todos golpeaban la puerta y gritaban como locos diciendo:
- No sabemos qué emperador es éste, que nos deja sin migaja de fuego en el hogar, a helarnos aquí… Tal escasez de leña no se ha visto ni en la choza más pobre. ¡Ay, qué pena, que se nos ha helado la lengua en la boca y los huesos hasta el tuétano!...
El criado del emperador, escuchando todo esto, por un lado se asustó, y por otro lado, se llenó de rabia. Intenta abrir la puerta y no puede; intenta arrancarla, y nada. Luego ¿qué iba a hacer? Corre y avisa al emperador de lo que había pasado. Entonces viene el emperador con un montón de gente, con picos afilados y calderas de agua tibia; y unos picaban el hielo, otros tiraban agua a los goznes y a las cerraduras, y a duras penas lograron abrir las puertas y sacar a los huéspedes. Y cuando los sacaron, ¿qué me dices? Tenían todos el pelo, las barbas y los bigotes cubiertos de escarcha, que no se conocía si eran hombres, demonios u otros engendros. Y tanto temblaban, que les castañeaban los dientes. Sobre todo Friolón parecía zarandeado por el diablo y de las caras que ponía, y como se le torcía la boquita, se asustó el emperador.
Entonces Moro-Blanco, dando un paso adelante, se presenta ante el emperador y le dice con cortesía:
- Majestad, su alteza, el sobrino del poderoso Verde-emperador, me estará esperando con anhelo. Ahora creo que me daréis a la doncella, para que nos marchemos y os dejemos tranquilos.
- Vale, caballero, dijo el emperador, mirándolos de reojo; ya llegará la hora… Pero por ahora, venid a comer algo, para que no podáis decir luego que os habéis marchado de mi casa como de un yermo.
- ¡Qué santa palabra acabáis de decir, majestad! dijo entonces Hambrón, que nos suenan las tripas de hambre.
- Y si nos podríais dar también algo para mojar la garganta, majestad, dijo Resecuzo, que la tenemos quemada.
- No os preocupéis, dijo Ojón, pestañeando sin parar, que su majestad sabe que nos hace falta.
- Eso lo creo yo también, dijo Pajar-Ancho-Largo; ya que estamos en casa de un emperador, no temáis, velará su majestad a que no pasemos ni frío, ni hambre, ni sed.
- Esto ya se verá, dijo Friolón tiritando que daba miedo. ¿No sabéis que su majestad es el amparo de los hambrientos y de los sedientos? Mucho me alegro de poder calentarme un poco bebiendo la sangre del Señor.
- ¡Callaos ya de una vez! dijo Hambrón. Al buen entendedor, pocas palabras. No mareéis a su majestad, que sabe él mejor. Para unos pobrecitos como nosotros, es difícil hacer estas cosas, pero en un palacio, meaja en capilla de fraile; ni se notan.
- Por mi parte, comer es pérdida de tiempo; la bebida es la base, dijo Resecuzo; y agradecería a su majestad, ya que por lo visto nos invita a comer, que nos traiga cuanto más de chupar, que de allí salen el valor y la osadía. Como dicen: “Levantad las copas, que se levanten los ánimos”. Pero me parece que nosotros aquí hablando y hablando, y su majestad nos estará esperando.
- Bueno, si nos trajera ya lo que nos trajese, dijo Hambrón, que se me encoge el vientre de hambre.

- No os pongáis tan ansiosos, dijo Ojón, que no tenéis ratas en el vientre. Ahora mismo se os traerán comida y vino, preparaos la tripa.

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