martes, 18 de agosto de 2015

Recuerdos de la infancia (8)


Y luego desnatando la leche de los pucheros, ¡qué atracón dábamos!
Cuando mi madre ponía leche a cuajar, yo, aunque fuera día de ayuno como si no, al segundo día ya empezaba a chupar la natilla de por encima; y seguía así todos los días hasta que daba con la cuajada. Y cuando mi madre miraba los pucheros para recoger la nata, ¡recoge, Smaranda, si te queda algo!…
- Quizá las brujas[1] hayan robado el vigor[2] de las vacas, madre, decía yo sentado de cuclillas y con la lengua fuera delante de mi madre, abajo entre los pucheros.
- Ay, Señor, si cogiese yo a ese brujo entre los pucheros algún día, decía mi madre mirándome de reojo, ¡cómo lo apañaría! ¡La hermana del clavo[3] lo repasará que no podrán sacarlo de mis manos ni todo el clan de los brujos y las brujas del mundo entero!... El brujo que haya comido la nata se conoce por la lengua… ¡A decir verdad, en toda mi vida he aborrecido al hombre taimado y rastrero, querido hijo! Y que sepas que Dios no ayuda a quien anda robando, sea cosas de abrigo, como de comida o de lo que fuera…
“¡Anda, ahora, las indirectas del padre Cobos!” digo yo en mí, que no era tan estúpido como para no entender adónde iba la cosa.
¡Y luego con el hermano Chiorpec el zapatero, nuestro vecino, qué lío tenía! Aunque, a decir verdad, el lío lo tenía él conmigo; que cada dos por tres me iba a su casa y lo machacaba a que me diera correas para hacerme un látigo. Y la mayoría de las veces me encontraba al hermano Chiorpec embetunando las botas con alquitrán del bueno, que deja el cuero suave como el algodón. Y cuando veía el hombre que no había manera de librarse de mí por las buenas, me agarraba por la barbilla con la mano izquierda, mientras que con la derecha mojaba el brochón en el tarro de alquitrán y me pegaba un buen pintarrajo por encima del morro que se partían de risa todos los aprendices de la zapatería. Y cuando me soltaba, salía yo corriendo hasta casa, llorando y escupiendo por  diestro y siniestro.
- ¡Mira, mamá, lo que me hizo el demonio de Chiorpeci!...
- Ay, Señor, como si se lo hubiera enseñado yo misma, decía mi madre con pesar; le invitaré cuando lo vea; que por donde vas te pones más pesado que una vaca en brazos y sacas a la gente de quicio con tus desvergüenzas, ¡pordiosero que eres!
Cuando la oía yo hablando así, me lavaba bien la boca y me buscaba la vida… Y al rato se me pasaba el enojo y ¡venga otra vez donde el hermano Chiorpec a pedir correas! Ese, cuando me veía entrando por la puerta, ya me decía con ganas: “¡Eh, eh! ¡Bienvenido, sochino[4]!” Y otra vez me embetunaba haciendo que se rieran de mí; luego yo otra vez corría a casa llorando, escupiendo y maldiciéndolo. Lo que tenía que sufrir mi madre por este motivo…
- ¡Ay! si llegara el invierno para meterte a estudiar en algún sitio, decía mi madre, y pedirle al maestro que no me devolviera de ti más que la piel y los huesos…

Un día de verano, cerca de Pentecostés, me escabullo de casa sobre el mediodía y me voy a casa del tío Vasile, el hermano mayor de mi padre, a robar cerezas; que sólo en su casa y en algún sitio más del pueblo había cerezos tempranillos que medio maduraban para el Domingo de Pentecostés. Y me preparo yo de antes un plan para que no me pillen. Primero entro en casa y finjo pedir permiso para que venga Ioan conmigo a bañarnos al río.
- Ion no está, dice la tía Marioara; se ha ido con tu tío Vasile bajo las murallas a una bordadora de Condreni para traer unos gabanes.
Porque debéis saber que en Humulesti hilan tanto las mozas como los mozos, las mujeres como los hombres; y se teje mucha tela de gabán, gris y negra, que se vende como paño o ya cosida; tanto allí en el sitio, a los comerciantes armenios, venidos a posta de otras villas – Focsani, Bacau, Roman, Targu-Frumos y otros lugares, como en los mercadillos de todas partes. Sobre todo con eso se mantienen los de Humulesti, campesinos libres sin tierras, y con el comercio de a pie: reses, caballos, cerdos, ovejas, queso, lana, aceite, sal y harina de maíz; gabanes largos, hasta las rodillas y cazadoras; pantalones, bombachos, camisas, cobertores y alfombras floridas; velos de seda fina, y otras cosas, que se llevaban los lunes para venderlos  al mercadillo, o los jueves a los monasterios de monjas, a las que el mercadillo se les hace pesado.
- Pues entonces, ¡queda con Dios, tía Marioara! como te digo; y siento que no esté el primo Ion en casa, que mucho me hubiera gustado ir juntos a bañarnos… Pero en mí: “¿A que me lo apañé bien apañado? menos mal que no están; y si tardan en volver, ¡mejor aún!”…
Y, sin mucha habladuría, beso la mano de la tía, me despido como un buen chico, salgo de casa y hago como que me voy al río, me deslizo por donde puedo y al momento acabo subido en el cerezo de la mujer y empiezo a echar cerezas en la pechera, verdes, maduras, como sea. Y como estaba preocupado esforzándome a acabar cuanto antes lo que hiciera, mira que la tía Marioara se acerca al tronco del árbol con una vara en la mano.
- Pero, bueno, trasto, ¿aquí tienes tu río? dijo ella mirándome fijamente; ¡bájate p’ abajo, bandido, que te voy a dar una lección!
¡Pero cómo bajar, que abajo estaba la perdición! Y cuando ve ella que no bajo y no bajo, ¡zas! me tira dos o tres terrones, pero sin alcanzarme. Luego empieza a trepar por el cerezo arriba diciendo: “Espera tú, desvergonzado, ¡que ahora mismo te da Marioara un buen repaso!” Entonces yo me deslizo hacia una rama más baja, y en seguida salto en medio de una parcela de cáñamo que se extendía por delante del cerezo y estaba tierna y alta hasta la cintura. La loca de tía Marioara, a perseguirme, y yo como un conejo a través del cáñamo, y ella detrás de mí hasta la valla del fondo de la huerta que no me daba tiempo de saltar, así que me volvía para atrás, siempre por el cáñamo, siempre corriendo como un conejo, y ella detrás de mí hasta llegar frente al patio por donde tampoco me era fácil saltar; por los lados, otra valla, ¡y la roñosa de mi tía no dejaba de acosarme ni loca! ¡Casi-casi me atrapa! Y yo corriendo, y ella corriendo, y yo corriendo, y ella corriendo, hasta que dejamos todo el cáñamo tumbado al suelo; porque, a decir verdad, había allí unas diez-doce áreas de cáñamo, hermoso y espeso como la cerda, que se echó todo a perder. Y después de cumplir nosotros con la faena, no sé cómo se enrolla la tía en el cáñamo, o tropieza con algo, y se cae al suelo. Yo, entonces, doy unos dos saltos más ajustados, me tiro por encima de la valla que parecía como si ni la hubiera tocado, y me esfumo, yendo para mi casa y portándome muy bien ese día…
Pero luego al anochecer, toma que viene el tío Vasile con el regidor y el guarda, llama a mi padre a la puerta, le explican el asunto y lo llaman para que esté presente cuando iban a valorar el cáñamo y las cerezas… porque, a decir verdad, el tío Vasile era un tacaño y un agarrado igual que la tía Marioara. Como dicen: “Dios los crió y ellos se juntaron”. Pero de nada me sirve tanta habladuría: ¿quién puede mandar sobre el trabajo de otro? El daño estaba hecho y el culpable tenía que pagar. Como dicen: “No paga el pudiente, sino el delincuente”. Así le tocó a mi padre: pagó la multa por mí, y ¡ya está! Y cuando volvió avergonzado de pagarla, me dio una azotaina de las buenas, diciendo:
- ¡Toma! ¡hártate de cerezas! ¡A partir de ahora que sepas que he perdido toda confianza en ti, descarado! ¿Cuántos más daños me tocará pagar por tu culpa?
Y así me pasó con las cerezas; rápido y sin retraso se habían cumplido las palabras de mi madre, la pobre: “Que Dios no ayuda a quien anda robando”. Pero, ¿de qué más te sirve la penitencia después de muerto? ¿Y mi vergüenza, qué hacer con ella? ¿Cómo iba a volver a mirar a los ojos de mi tía Marioara, del tío Vasile, del primo Ion y de los mismos chicos y chicas del pueblo; sobre todo los domingos, en la iglesia, al baile donde da gusto mirar, y al río, al Pasto del Cuco donde se encontraban los mozos y las mozas, deseosos de verse después de una semana de trabajo?
Así pues, había dado nombre por la faena que había liado, que no podía ni dejarme ver de vergüenza; sobre todo ahora cuando se habían levantado algunas mozas bonitas  en nuestro pueblo y empezaban a trastornar mis pensamientos. Como dicen:
- ¿Ioan, te gustan a ti las mozas?
- Me gustan.
- ¿Y tú a ellas?
- ¡Y ellas a mí!...
Pero, ¿qué otra me quedaba?... Ya pasará esto también; cara dura y dejarla olvidada, como muchas otras cosas que me han pasado en mi vida, no en un año o dos y tampoco todas a la vez, sino en muchos años y una a una como esperando al molino. Y aunque me guardaba, a desganas, de hacer ninguna travesura, era como si me empujase el diablo que justo entonces las hacía sin número.
¡Anda que tardé mucho! ¡Justo después de lo de las cerezas me meto en otro lío!




[1] Creanga usa aquí la palabra strigoaice, derivado femenino (plural) de strigoi que significa tanto muertos vivientes, como personas nacidas bajo una mala estrella, condenadas a transformarse en animales por la noche y a jugar malas pasadas a los vecinos.
[2] Las strigoaice robaban la mana de las vacas, es decir la fuerza vital. Creanga utiliza esta misma palabra mana, que en rumano no se percibe como neologismo.
[3] La vara.
[4] En rumano nepurcel, de nepot (“sobrino” o “nieto”) y purcel (“cochino”).

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